En aquel tiempo, dijo Jesús: «Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!” Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.” Pero las prudentes replicaron: “No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.” Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: “¡Señor, señor, ábrenos!” Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco.”Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”.  Mateo 25, 1-13


El último feriado largo de semana Santa, aprovechamos con mi esposa para viajar a Córdoba y reencontrarnos con su familia. Desde hace más de un año que tenemos auto y para mí fue descubrir un nuevo mundo. Tuve que aprender a manejar, y en ese aprendizaje cometí algunos errores: ¡dos o tres raspones! Una de las cosas que más me cuesta es dedicarle tiempo al auto, tiempo para limpiarlo y tiempo para controlarlo.  Es así que nos fuimos, conduciendo más de 800 kilómetros. El viaje fue sin sobresaltos, todo tranquilo.
Cada vez que llegamos a Córdoba, mi suegro se encarga de preguntarme si le inflé las ruedas, si lo llevé a controlar, si le medí el aceite. Un día antes de salir, yo había llevado el auto al técnico para que me lo controlara, pero no tenía ningún turno libre.
Ya que estaba mi cuñado y él sabe más que yo de autos, me ayudó a controlarlo. Gran sorpresa nos llevamos cuanto medimos el aceite. Estaba seco. Sí, completamente seco, ni  una gotita de aceite. Yo le dije un poco nervioso: “¡Cómo que no tiene aceite, si no me marcó ninguna lucecita de alerta!”. Después me enteré que si la lucecita se prende es porque ya está en las últimas y en muy probable que ya no haya nada que hacer, ¡es muy probable que se funda el motor!
Lo que aprendí de esa experiencia es que no debo posponer el control cada 5 mil kilómetros y que no debo esperar a que el tablero me marque con una lucecita roja que me falta aceite.
Lo que me pareció extraño es que el auto anduvo bien en todo el viaje, que ni me dí cuenta que algo raro pasaba.
Ahora bien, ¿No pasa algo semejante en los noviazgos, y mayor aún en los matrimonios? Tal parece que una vez que conquistamos al amor de nuestra vida, una vez que aprendimos a “manejarnos” viviendo con el otro, nos olvidamos de que hay que controlarle el “aceite” a la relación. Hay parejas que solamente se preocupan por su relación cuando se enciende la “luz roja”, y en muchos casos cuando la señal de alerta se prende ya es un poco tarde.
Creo que si me quede sin aceite, es porque soy cómodo, porque pienso que nunca nada me va a pasar a mí, porque creo que esas cosas le pasan a otros. Pero, cuando nos acostumbramos a las cosas, cuando nos ponemos cómodos, perezosos en nuestras relaciones estas terminan por debilitarse.
He escuchado muchos casos en donde las parejas dicen frases como esta: “No sé qué pasó, si estábamos bien”. Pero ¿Qué es estar bien? ¿Estar bien es vivir en una tranquilidad aparente, en una paz en donde no se discuten los problemas sino que se los esconde? ¿Eso es estar bien?
El aceite que necesita una relación es el dialogo. Un dialogo abierto y sincero, un dialogo en donde no tengamos miedo a exponer todo lo que nos pasa en la relación.
El aceite que necesita una relación es el tiempo de calidad. No se trata de la cantidad, sino de cómo se aprovecha ese tiempo juntos. Y para que quede claro pasar un tiempo de calidad no es mirar abrazados una película, sino que se trata de conectarse íntimamente con el otro en ese tiempo que nos dedicamos.
Así como busqué ayuda con el auto, recurriendo a mi cuñado. Así también debemos buscar ayudas con personas que saben sobre relaciones, sobre matrimonios, sobre noviazgos. ¡Hay tantos dispuestos a brindarnos una mano en nuestra relación!
No esperemos a que las cosas se pongan difíciles, no esperemos a estar en la última para pedir ayuda, para ponerle aceite al auto.
Si no nos preocupamos por nuestra relación, nadie más lo hará. Lo que no hagas por tu relación no lo hará otro.
Andrés Nicolás Obregón